Una imagen que captura el eco de lo vivido: luces suspendidas sobre la jungla, cuerpos aún vibrando en silueta, y una atmósfera densa que mezcla niebla, sudor y energía colectiva.
Hay experiencias que no terminan cuando se apagan las luces, sino cuando el cuerpo empieza a entender lo que está a punto de vivir.
Esta es una de esas.
Zamna se presenta como un ritual contemporáneo escondido en la selva. Un espacio donde miles llegan a cerrar el año respirando distinto, con la intuición de que algo se va a mover por dentro. Aquí no se entra igual. Y nadie sabe todavía cómo va a salir.
Despedir un año siempre es simbólico. Pero hacerlo rodeado de música, naturaleza y una comunidad que se reúne con una misma intención convierte ese símbolo en algo más grande. Más físico. Más real.
No es solo una serie de sets. Es la posibilidad de atravesar un portal invisible.
Zamna no se anuncia como un festival.
Se siente como un estado mental colectivo.
Un puente entre lo que se quiere soltar… y lo que se está listo para traer.
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