David Byrne, vino a territorio mexicano para recordarnos que un escenario es, en realidad, un lienzo en blanco para reimaginar el espacio de un show en vivo como un performance que dentro de la era de la hiperconectividad mantiene al público atento y presente.
David Byrne, vino a territorio mexicano para recordarnos que un escenario es, en realidad, un lienzo en blanco para reimaginar el espacio de un show en vivo como un performance que dentro de la era de la hiperconectividad mantiene al público atento y presente.
El fundador de Talking Heads regresó a la Ciudad de México para presentar Who Is The Sky? en un Teatro Metropólitan abarrotado y dos fechas totalemente vendidas. Quienes presenciaron su paso por la capital o sus previas visitas recuerdan que en Stop Making Sense (1984) Byrne ya había redefinido las reglas de la música en vivo con su mítico traje gigante y un boombox. Luego, con American Utopia (2018), llevó el show a la mente de un individuo, en un escneario monocromático en el que los cables y los fierros desaparecieron.
Esta nueva gira funciona casi como el «Lado B» de esa misma utopía: una extensión expansiva donde el escenario está completamente desnudo. Sin la arquitectura rígida de un concierto tradicional, con instrumentos inalámbricos y percusiones portátiles, Byrne y su compañía (músicos, un coro inquieto y un trío de bailarines) se mueven con absoluta libertad. Se convierten en un ensamble fluido que muta canción a canción.

Todo comenzó desde el espacio, con una panorámica sobre la Tierra projected mientras sonaban los acordes de “Heaven”, transportando al público a aquel bar de Talking Heads «donde nunca pasa nada». Con “Everybody Laughs”, la atmósfera hizo la transición del blanco y negro al color; la formalidad se rompió por completo, la gente abandonó sus asientos y el gozo colectivo tomó el recinto.
El setlist fue un recorrido de dos horas por casi medio siglo de trayectoria:
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El postpunk lisérgico de “And She Was” y “Psycho Killer” (esta última invocando el espíritu experimental del Nueva York de los 70).
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Joyas de sus colaboraciones con Brian Eno como “Strange Overtones” y la fantasía ambientalista de “(Nothing But) Flowers”.
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Guiños directos a la cultura local como su versión de “What is the Reason for It” (con la huella del Instituto Mexicano del Sonido), donde una de sus coristas suplió con un impecable español a Natalia Lafourcade.
También hubo espacio para la crítica y la disrupción: entre imágenes de su viaje a Oaxaca, un vistazo al interior de su penthouse en Nueva York y visuales con cabezas de animales, sonó “Life During Wartime”, contrapuesta con perturbadoras imágenes de las redadas de ICE en Estados Unidos. La distopía moderna convertida en ritmo.
El clímax místico llegó cuando Byrne interpretó “Once in a Lifetime”, desatando una euforia colectiva en la que la música se sintió como un ritual comunitario. Para el cierre con “Burning Down the House”, la magia estaba saldada: no importaba si era tu primera vez o si habías estado en 2018, la sensación de estar presenciando algo irrepetible era unánime.
Al final de la noche, bajo el techo del Metropólitan, David Byrne demostró que el mejor espectáculo sigue siendo el que se vive en el presente: solo cuerpos, luz, ritmo y la libertad de bailar como si no hubiera un mañana.




